Le pondré tu nombre a las calles de medio mundo. Haré el amor en diversos idiomas. Me emborracharé con otros perfumes. Me seguiré perdiendo en medio de nieblas ajenas. Seguiré mirándo al futuro desde muy lejos. Aprenderé a tocar algo clásico al piano. Me desengancharé y me convertiré en otro. Aprenderé a sonreir en las fotos. Las despedidas me dejarán de doler. Haré amigos en este psiquiátrico. Viajaré sin camello por el desierto. Me arrojaré a las vías del tren. (para evitar que alguien se marche). Estrenaré el traje que compré hace dos años. Me acostumbraré a los madrugones. Encontraré la receta del olvido.
Aquella mañana gris no le devolvió el saludo a mis bostezos. El autobus vacio no tenía destino en una playa desierta. Ninguna señal funcionaria tenía escrita la palabra esperanza. En definitiva, los rayos del sol llevaban escrita la palabra rutina.
Y sin embargo, un regalo esperaba ser abierto a la vuelta de una esquina triste
un amanecer oculto hasta entonces me proponía el regalo de un viaje infinito. Yo le pregunté qué tal y ella me dijo súbete.
Y no sé muy bien cómo ocurrió, pero desde entonces sólo pienso en el día en que definitivamente emprenda el viaje subido al avión de su espalda.
Esta noche en la que algo anega mi pecho y puja por salir, una pareja de moscas revolotea alrededor de la bombilla encendida. Incluso ellas parecen saber mejor lo que quieren Pero una tropieza con la bombilla y al instante cae fulminada. Vale. Decidiré y al día siguiente cambiaré mi decisión. Seguiré siendo joven durante un tiempo, y comeré si es que estoy hambriento. Os querré a todos, y para ello me cuestionaré a mí mismo si es necesario. Os desearé y volveré a reafirmarme en vuestro nombre. ¡Juro que sólo haré aquellas cosas que tenga que hacer! Y amaré tanto, que si amara solamente un poco más estaríamos hablando de canibalismo
Nacho Vegas. De su recomendadísimo libro Política de hechos consumado
Perdonen que me salte la norma y escriba por una vez en primera persona, desde el infierno veraniego en que es mi casa a las 4 de la tarde. Haciendo caso a consejos pseudo-psicologicos con muy poco de cuerdos, pasaré a relatarles mi vida reciente:
Resulta que apenas tengo tiempo para actualizar el blog, debido a que ando últimamente afectado por diversas y variadas cuestiones de vértigo. En primer lugar, el sábado próximo termino un Master en el que anduve metido últimamente. Y lo hago presentando durante 15 minutos mi proyecto final ante un tribunal de señores encorbatados y señoras de aspecto amable y peinado imposible. Como comprenderán, el estado de inquietud irá en aumento de aquí hasta entonces. Tras esto, y sin apenas tiempo para aterrizar, visitaré a un señor de bata blanca el lunes que decidirá si entro en un quirófano por primera vez en mi vida (el nacimiento no cuenta,no?). Nada grave, aclaro, pero uno es un miedica, qué le vamos a hacer. Las cuestiones relativas al vértigo existencial me llevaron también en los últimos días a plantearme una serie de dilemas y decisiones sobre mi futuro que, al menos de momento, quedaron en suspenso. Y pondré fín al vértigo veraniego tomando un avión que me llevará a tierras londineses. Y sí, efectivamente, sufro un terrible pánico a volar.
Y mientras la vida sucede, me dediqué a hacer planes. Mientras la vida sigue su curso, observé horrorizado en el telediario cómo hay cuestiones que parecían condenadas al blanco y negro y sin embargo vuelven a aparecer en el siglo XXI (¿alguien entiende algo de lo que ocurre en Honduras?). Mientras los trenes se marchaban, tracé melodías y versos ajenos y propios aferrado a una guitarra en un lugar con vistas a Lavapiés. Mientras esperaba autobuses que nunca llegan, leí "Política de hechos consumados", el libro de Nacho Vegas (gracias por el regalo L.!) Y mientras las piscinas se iban llenando, recordé 730 días que por mucho que aumenten nunca conocerán el olvido...
Les dejo con una vieja canción, que al menos para mí nunca deja de tener sentido:
Hay un estrépito de caos y apuntes sobre mi cama, y un remanso de paz sobre algunos vientres, pero yo no les pillo de paso. Apago las señales de humo que hice con incienso en mi habitación. Frego los platos a velocidad de vértigo. Me despido de la chica a la que no le gusta que le llame poeta. Salgo de casa disparado. En vez de bajar las escaleras las sobrevuelo. En mi calle hay un gitano buscando el espíritu de Camarón en una guitara. Me mira y sonríe. Practico un rato mi deporte favorito: perder autobuses. Me sumerjo en un mar de atascos llamado Carabanchel. Me ahogo un rato en un vagón de metro de la línea 3. Tras un viaje eterno llego a Lavapiés, allí donde el verano habla multitud de lenguas. Recupero las partituras que dejé olvidadas. Recupero también el libro que me dejé en la puerta de un coche ajeno (no hace falta decir que otro de mis deportes preferidos es olvidarme cosas...) Los pasos de peatones derriten las chanclas y los remordimientos. Termino la tarde hablando con acento granadino. Y acabo el día con algo que hacía tiempo que no probaba: pizza cuatro quesos.
Juro que no estoy loco. Me fui a dormir pronto. A las 12:30 de la noche me he despertado. Un extraño ruido venía del piso de arriba. Me he tirado un buen rato tratando de descifrar lo que era. Tiraban una bolita al suelo (algo así como una canica) y rodaba. Una vez, y otra. ¿Qué demonios significa eso? ¿A qué estaban jugando? El ruidito diabólico me ha puesto de los nervios, y me ha hecho recordar que hace muchísimo calor, que mis cervicales no se llevan bien con mi almohada, que tengo una semana terriblemente estresante por delante, que odio el mes de junio, que quiero un abrazo, que necesito unas vacaciones y una playa, y que preferiría estar en cualquier otro lugar que no sea éste.
Y he terminado escribiendo este post absurdo en el blog.
Si alguno de mis vecinos de arriba lee esto, que sepa que es un hijo de puta. No se juega con canicas un domingo por la noche.
Mataría todos tus monstruos. Regaría flores y recuerdos. Te prestaría mis pulmones por un rato. Y te haría lo que a todas mis víctimas: dibujar tu silueta en mi colchón.
Te confesaría el porqué de mis silencios y te enseñaría los mapas de mis heridas Andaría de puntillas por tu pasado para borrar todos los recovecos.
Si te tuviera en frente de mí te dejaría salir corriendo pero esta vez prometo que saldría detrás de tí.
Hace demasiado calor para ser verdad. Tu humor se queda corto si decimos que es de perros. Vas de la cama al sofá. No quieres hablar con nadie. Bajas las persianas para esquivar la luz. Piensas. Le das vueltas a la cabeza. Demasiadas. Hay algo en tu pecho que te dice que van las cosas mal. Esperas una llamada que nunca llega. Y empiezas a pensar que la culpa será tuya, y no de los demás. Te torturas con ese pensamiento. Tienes cosas que hacer, pero te sientes incapaz de hacerlas. Simplemente deserarías desaparecer, o que alguien te salve y te lleve a ver el mar. Y te sientes culpable por estar mal. Todos te echan la bronca. Y con cada bronca te sientes aún peor. Cada vez que alguien te pregunta "¿qué tal?" sientes ganas de llorar. Y gritas, pero nadie te escucha. Nadie se acuerda de ti, y si lo hacen es peor. A quien se preocupa le tratas mal. Quieres huir. Lejos, muy lejos. Parece que nadie te entiente. Sólo te miran tras la ventana con cara de lástima. Cambias los muebles de lugar. Redecoras tu vida. Te cortas el pelo. Buscas consuelos. Y nada sirve para nada.
Y el plan de tu vida consiste nada más que en llegar a otro día más. Y otro día más. Otro día más....y probablemente eso sea lo peor.
Me largué. Traté de buscar la paz y a ratos la encontré. Me enamoré de la comida japonesa una vez mas. Vi a G. cantar de cerca y descalza(y descubrir con unas cañas lo maja que es). Estuvimos con nuestra psicóloga favorita. Probé por primera vez el mojito de fresa. Me quedé a vivir en Malasaña. No me emborraché. Conocí el parque mas bonito de Madrid (El Capricho). Me regalaron un libro llamado "Política de hechos consumados" y me hizo mucha ilusión (Gracias L, "la chica de los zapatos con flores"). Dejé que entrara un poco de luz. Dormí poco y mal. Me perdí menos de lo acostumbrado. Y esperé poco tiempo los autobuses.
Al despertarse la cabeza le estallaba. Miró a su aldededor y sólo vió desorden entre la oscuridad. Desayunó una coca cola con magdalenas asomado al balcón. La gente le observaba de forma extraña. En su guitarra había una cuerda rota que no recordaba en qué momento se rompió. Su móvil no daba señales de vida por muchos golpes que le diera. El olor a humo de su ropa había inundado toda la casa, y le daba ganas de vomitar. Se dió una ducha fría y se vistió con la ropa del día anterior. El resto estaba en la lavadora. Salió de casa. Dejó la cama deshecha. Y siguió el consejo que una amiga le había dado. Vete a hablar con un sacerdote. A ella le había ido bien. Y ninguno de los dos era creyente.
Jueves desestresado. Nacho Vegas cantando. La chica de los zapatos con flores. Un metro averiado que va marcha atrás en la medianoche del jueves. Acostumbrarse a la falta de sueño (s). Desayunos filosóficos. Copas de vino tinto. Demasiadas. El suelo de una casa ajena. Voces que cantan. Una armónica instransferible. Y yo que mañana tenía que madrugar. Un pequeño pájaro que canta. Cuantas veces habré intentado que juegues conmigo. Búsqueda de un trozo de magia. Un examen que voy a suspender (o a copiar). Equivocarse de lado en la línea 6. Sentirse tan estúpido. Y medio huérfano. Llorar un poco. Nadar contracorriente. Siempre. El no como respuesta automática. No atreverme a llamarte. Contestadores sin mensaje. Y un billete a Londres.
Madrid. Sábado de mayo. 6 de la tarde. Sol veraniego, más que primaveral. Afueras de una parada de metro donde había quedado con alguien que me hacía esperar. Muchacha rubia y sonriente se acerca a mí. En cuanto abre la boca se nota que es alemana. Me quito los cascos.
- Hola, perdona que te moleste. Quería invitarte a venir mañana a la fiesta de celebración de la existencia de Dios. - Lo siento, pero es que no soy creyente. - Da igual. Aunque no creas en él, Dios te ama. - Ya, pero yo a él no. - No importa. Dios te está buscando. Está tratando de encontrarte, de llegar a tí. - Pues dile que no se moleste, de verdad, que está perdiendo el tiempo. - Nooo, tú venir mañana. Verás como te sentirás mejor, como encontrarás la luz que necesitas. - Lo siento, de veras, pero mejor que dediques tu tiempo a alguien más receptivo a Dios.
Y se fué a darle la chapa a un heavy que había al lado. 10 minutos después, cuando me marché, ahí seguía, tratando de convencer al heavy. La muchacha parecía feliz.
Que, si todo va bien, cuando leas esto me haya marchado. Lejos. O más allá todavía. Puede que esté en algún lugar con vistas al mar. Que siga el consejo que alguien me dió una vez y haya ido a encontrar la calma pisando tierra mojada en alguna selva de Brasil. Puede que pase mis tardes con una guitarra en el Vondelpark de Amsterdam, buscando al fantasma de Bob Marley. Puede ser. O que me esté dedicando a redecorar mi casa... en algun lugar de La Mancha. Tal vez haya realizado por fín el sueño de ir a Latinoamérica. Tal vez. O que ande en alguna aldea perdida bajo los Picos de Europa, o en el Albaicín de Granada, tratando de estar más cerca de las estrellas.
Lo único seguro es que no estaré aquí. Ya me gasté todo el aire de Madrid.
Hay veces en que uno ve muy claro el camino que debe seguir.
Este café no tiene sabor a nada. Y en mi garganta aún flota tu piel. Me transfiguro bajo la tormenta soñando paraísos de papel.
Todos los ombligos ajenos terminan teniendo el mismo sabor. Y hay lunas mejores al cruzar cada esquina. No le dibujes la brisa a mis penas, porque ya es tarde para regresar.
Y Oigo multitud de ruidos que nunca consigo escuchar. Y miro. Miro todo el rato pero lo que veo no logro descifrar
El azar es una puta con frío y yo sólo soy una víctima más en el océano de los pecados que caen rendidos a tu tempestad
Se me han nublado los cielos del mundo y ando buscando las olas del mar es imposible que pueda salvarte teniendo en cuenta que no sé nadar
Todos los trenes se escapan justo antes de que tú llegues. Piensas que estás haciendo lo correcto, pero no, siempre hay algo que te dice que estás equivocado. Tenías el partido ganado y te remontaron cuando menos lo esperabas. Te acostumbras a la derrota. Conduces por la carretera siguiendo las señales, pero siempre acabas perdido. Huyes. Y vuelves. Siempre lo mismo. Y ni huyendo ni volviendo encuentras lo que buscas. Esperas una señal que nunca llega. Parece que tendrás que esperar sentado. Sales a la calle, una noche de viernes, y te cae un diluvio primaveral. Corres. Estás calado. Resbalas y caes. Te golpeas en la cabeza. Y piensas que sí, que la ostia ha sido demasiado. Pero te levantas y compruebas que no ha sido para tanto. No hay sangre. Saldrás de esta. Completamente empapado, y dolorido. Pero sales. Te subes al autobús. Llegas a casa. Y tienes que escribir. No queda otra. Como si fuera un consuelo para los desesperados. Piensas en lo que ella te dijo justo antes de marchar: "Nunca hemos tenido suerte para nada...". Y te das cuenta de que nadie te dijo nunca nada con tanta verdad.
La mirada del tuerto fué demasiado. Y ya va para tres años.
La primavera en el infierno apenas tiene consecuencias. Y parece que todo sigue igual. A pesar de todo, aunque estoy un poco roto, creo que aún puedo funcionar. Igual que un juguete, deshecho por el uso de tanto jugar con él. Y ahora sabemos que cuando huyes sobran los espejos retrovisores y las cartas de despedida. Simplemente hay que salir corriendo sin mirar atras.
Mientras tanto mi cabeza le dijo adios a la cordura, y parece que no tiene intención de volver.