9/25/2005

ADIOS TRISTEZA

...y de fondo "Pero a tu lado", de Los Secretos
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Viaje por la vida de un secreto a voces

TEXTO: MANUEL DE LA FUENTE

MADRID
Callejeando, podías cruzarte con él, ya de anochecida, por cualquier recoveco de Malasaña. O luego, casi al borde del alba, cuando todos los gatos son pardos y suenan en la oscuridad los vasos y los besos de la madrugada, verlo acodado en la barra del Honky. En aquel Madrid de hace unos años, en aquel Madrid de figuras desvencijadas, rock and roll, guitarras heridas y almas desafinadas, en aquella ciudad desaparecida en combate, Enrique Urquijo, cantante, compositor, fundador de Los Secretos y de Los Problemas, era un cliente habitual de los comercios de la vida.Allí, en un portal de ese mismo Malasaña, en el 23 de la calle del Espíritu Santo, en ese cruce de caminos de los días vividos a quemarropa y los cuadernos de bitácora emborranados de desamor, Enrique apareció muerto una noche de mediados de noviembre de 1999. Su vida y sus milagros, sus silencios y su risa, sus preguntas sin respuesta, son ahora el material que puebla «Enrique Urquijo. Adiós tristeza», una excelente y sentida biografía del artista madrileño, escrita por el periodista Miguel A. Bargueño a lo largo de varios años, en un valiente y documentadísimo trabajo, mediante entrevistas (más de cien) con la gente de su entorno, humano y musical, familiar y hasta escolar. Un libro desgarrador, escrito desde la honradez, el cariño y el respeto, pero también sin componendas, sin concesiones a la falsa compasión ni a la barata condescendencia. Además del retrato fiel y leal de Enrique Urquijo, la biografía se convierte en una extraordinaria, vertiginosa y amena (a pesar del dolor que rezuma en muchas de sus páginas) crónica de unos años, una sociedad y una parte de la vida de la juventud nacida a finales de los años cincuenta y primeros sesenta.El libro rastrea, primero, en los antecedentes familiares de Enrique, en el barrio que le vio crecer, el barrio de Argüelles, la casa de la calle de Rodríguez de San Pedro, tan especial y que probablemente marcó también la trayectoria humana de Urquijo, la casa en la que él y sus hermanos Álvaro y Javier crecieron en un ambiente relajado, debido sobre todo a la ausencia habitual por motivos de trabajo del padre, la vida de unos chavales de clase media, que tras las habituales trastadas propias de la edad, encuentran el camino de sus sueños, la ruta de sus corazones rasgueando una guitarra.Quizá quien no haya crecido escuchando a Los Secretos, quizá para quien no haya compartido aquel tiempo, ni tenga más o menos la misma edad y haya visitado el mismo territorio en el que se pierde la inocencia, el libro no sea más que un magnífico esfuerzo periodístico, profesional y literario. Pero a poco que el lector y aficionado tenga algo más que horchata en las venas «Adiós tristeza» se le clavará en las tripas como lo hacían también las canciones de Enrique.Desde el tristísimo episodio de la muerte del batería Canito recogida de forma sobrecogedora, en párrafos la que uno vuelve a sentir el frío de aquellas madrugadas de Año Nuevo con apenas veinte años, hasta los últimos pasos de Urquijo en busca de un «colérico picotazo», como los negros del «Aullido» de Allen Ginsberg, todo el libro está repleto de testimonios en primera persona, directos, de lugares tan comunes como desoladores.A flote sale la entrañable relación de Enrique Urquijo con Joaquín Sabina («Enrique aparecía por aquí -la casa del cantautor en Tirso de Molina- de madrugada y me pareció siempre el ser más dulce, más tímido, más sensible del mundo. Era para comérselo. Aquí venía y se podía quedar cuarenta y ocho horas. Hablaba poco, fumaba mucho, bebía mucho; yo también», rememora el cantautor); la soledad y el desgarro incomprendido e incomprensibles del «secreto»; su compañerismo, sus subidas, sus bajadas, sus derrapes en las curvas de la vida; su amor por el deporte y por el aire libre; su odio a los coches y a la carretera, la que le robó a su amigo del alma; sus amores, quizá sus amoríos y amistades con las criaturas de la noche («La ví en un bar de aquellos que frecuenta, estaba de negocios en la puerta y comprendí que nada había cambiado, ójala nunca la hubiera encontrado. Te juro que era buena chica, aunque con poco apego a la vida»); su generosidad; sus silencios, su humor inteligente, su espanto ante la cita con la mili; anécdotas entrañables como haber sido un pegamoide a tiempo parcial; su orgullo por haber sido alumno de Tierno Galván; su vigor físico a pesar de su aspecto; sus espantás en las giras; su pasión por los niños («Después de andar a la deriva, por mares turbios de bebida, como un chiquillo falto de cariño, de pronto es todo tan sencillo, sencillo.Volver a ser un niño (...) Después del tiempo que he perdido, en aventuras sin sentido,me siento solo y a la vez perdido, solo porque me has sonreído y pido... volver a ser un niño, volver a ser un niño...»; o la increíble anécdota de su encuentro con el Príncipe Felipe, en el Honky Tonk («lleva una hora hablando con el Príncipe y le está llamando Juan Carlos todo el tiempo», explicaba el aterrorizado maitre)...
Anécdotas...
Y sus viajes por el lado más peligroso y salvaje de la noche madrileña; y su paternidad («Agárrate fuerte a mí María, Agárrate fuerte a mí, Que esta noche es la más fría, Y no consigo dormir. Agárrate fuerte a mí María, Agárrate fuerte a mí, Que tengo miedo Y no tengo donde ir. Y no llores más por mí. Volveré por ti algún día Y escaparemos de aquí»); su paulatino abandono de Los Secretos para dar vida a Los Problemas (una vez más su peculiar humor al dar nombre a su nueva banda); su pasión por beberse y vivirse la vida a grandes tragos; el trance místico cuando la cantante Emmylou Harris puso la mano sobre el vientre de su compañera embarazada de María); su bellísima relación con Pía, su última novia; su último proyecto, el grabar un disco para niños basado en poemas de Gloria Fuertes; sus últimas horas, y de nuevo la amiga mala suerte haciendo de las suyas aquel 17 de noviembre...Trescientas cincuenta páginas que a muchos les van a suponer una emotiva experiencia, la de encontrarse con el pasado de un pedazo de músico, un alma en pena pero un gran tipo como Enrique Urquijo, reencontrarse con él, con sus canciones y también quizá con los renglones torcidos de la propia biografía. Un libro que, como las composiciones de Enrique, te hace un nudo en la garganta, te pone el corazón en un puño. Un libro que pone a Urquijo en su sitio, el de uno de los grandes compositores de nuestra música popular. Un libro para leer a media luz, mientras la tarde cae sobre el bulevar de los sueños rotos. Los de casi todos. O por lo menos, los de nosotros, los de entonces, que desde luego, ya no somos los mismos.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

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